Víctor Estrada: Un héroe que amaba la animación y el cine

La noche del 31 de diciembre de 2025, mientras Guayaquil se preparaba para quemar los restos del año viejo y recibir nuevas esperanzas, una bala perdida en el corazón del suburbio apagó una de las mentes más brillantes y generosas del cine ecuatoriano.

PERFIL

1/5/20262 min read

La noche del 31 de diciembre de 2025, mientras Guayaquil se preparaba para quemar los restos del año viejo y recibir nuevas esperanzas, una bala perdida en el corazón del suburbio apagó una de las mentes más brillantes y generosas del cine ecuatoriano. Víctor Hugo Estrada Jara, de 36 años, no solo era un profesor universitario; era un alquimista de la imagen que creía firmemente que para tocar las estrellas no se necesitaba un presupuesto millonario, sino una voluntad inquebrantable.

El hombre detrás de la cámara

Docente de la Escuela Superior Politécnica del Litoral (ESPOL) y pilar de la Facultad de Arte, Diseño y Comunicación Audiovisual (FADCOM), Víctor Estrada se convirtió en el referente máximo del stop motion en Guayaquil y el Ecuador. Su pasión por esta técnica, el arte de dar vida a objetos inanimados fotograma a fotograma, lo llevó a fundar el Motion Lab, un espacio de innovación donde contagiaba a sus alumnos la paciencia y el rigor necesarios para crear mundos de la nada.

Sus colegas lo recuerdan como un hombre "minucioso y cálido", alguien que entendía la tecnología no como un fin, sino como una herramienta para potenciar la artesanía. En sus clases, solía integrar la Inteligencia Artificial con el trabajo manual, convencido de que la modernidad debía servir para democratizar el arte.

De los materiales reciclados a la NASA

El 2024 fue el año en que el nombre de Víctor Estrada resonó fuera de las fronteras ecuatorianas. Con su cortometraje "El Transbordador Espacial", Víctor logró lo que parecía imposible: quedar como finalista en el prestigioso concurso CineSpace de la NASA.

Lo más sorprendente de su hazaña no fue solo el reconocimiento, sino la génesis de la obra. En una de sus últimas entrevistas, Víctor reveló que el corto fue construido con madera reciclada, retazos de tela vieja y juguetes encontrados. "No se necesita dinero para hacer cine, se necesitan ganas", decía con una sonrisa que ocultaba la frustración de no haber podido viajar a Houston a recibir su premio debido a problemas de visado. Aun así, se sentía realizado al saber que científicos y artistas de la NASA habían aplaudido su ingenio nacido en un pequeño taller de Guayaquil.

El último acto de protección

Víctor vivía con la mirada puesta en el futuro. Su gran meta para 2025 era ambiciosa y necesaria: producir el primer largometraje ecuatoriano realizado íntegramente en stop motion. Sin embargo, la violencia que azota a Guayaquil decidió otra cosa.

Mientras buscaba un monigote junto a su familia en el sector del suroeste, una balacera ajena a su mundo estalló en las calles. En un acto instintivo que define su calidad humana, Víctor intentó proteger a su sobrino de siete años. Una bala perdida lo alcanzó en la cabeza, convirtiéndolo en una víctima colateral de una guerra que él nunca eligió pelear.